Sunday, July 15, 2012

El Muelle que hace 120 años fue orgullo nacional



Peligro, no siga. Es la frase de advertencia en color naranja fosforescente que se lee en una valla de protección que recibe al visitante a la entrada de la que fuera la magna estructura del muelle de Puerto Colombia, considerada en su momento la obra de ingeniería más importante del país.



Una alerta que invita a reflexionar y ver por el retrovisor que lo que hoy representa riesgo para los turistas, que aún encuentran en sus ruinas fragmentadas un atractivo mágico digno de ser fotografiado, fue la entrada del desarrollo, la modernidad y de miles de inmigrantes a Colombia.

En la madrugada del pasado domingo 8 de julio, unos 20 metros de la parte inicial del muelle –que con 4 mil pies llegó a ser el tercero más extenso del mundo y el primero en América– se derrumbaron.

Estos pedazos que se tragó el mar se suman a los otros aproximadamente 50 metros que se cayeron el 9 de marzo pasado, a los 50 más que colapsaron el 26 de noviembre de 2010 y a los primeros 200 metros que se hundieron el 7 de marzo de 2009.

Escenas dolorosas se vivieron al ver la agonía de un gigante que fue inaugurado con bombos y platillos el 15 de junio de 1893, cinco años después de que Francisco Javier Cisneros fundara la Estación del Ferrocarril en la población que llamaron Puerto Colombia.
Según narra el investigador y escritor apasionado por la historia de este municipio, Rigoberto Rodríguez, la decadencia del primer puerto marítimo que existió en el país se originó en 1936 con la apertura de los tajamares de Bocas de Ceniza, siguió con la suspensión del Ferrocarril de Bolívar en julio de 1940, y más tarde con la desinstalación de los rieles en octubre de 1943. “Ante la mirada triste y las lágrimas de muchos porteños, impotentes frente aquella dura realidad, trasladaron a Barranquilla el Terminal Marítimo en el gobierno de Alfonso López Pumarejo”, relata Rodríguez, también artista plástico y cuya obra está inspirada en los hermosos paisajes del otrora puerto.

Muy pocos testigos vivientes de aquella época de esplendor del célebre muelle quedan en el municipio vecino. Así nos lo hace saber, sentado en una banca de la plaza, Luis Reales Henríquez, uno de los últimos braceros que trabajó en el muelle y quien a sus 90 años aún guarda en su lúcida memoria recuerdos de esas décadas doradas. “Por el muelle entraba y salía todos los días mercancía. Café, cemento, piedras, metales, algodón y otras cosas.
Llegaban barcos de tres chimeneas llenos de turistas de todas partes del mundo. Había bastante empleo. Todo eso se acabó cuando pusieron el Terminal en Barranquilla”, cuenta Luis, quien agrega haber trabajado cargando y descargando bultos en el puerto por más de diez años.

En su relato, Lucho –como lo conocen todos en el pueblo– trae a colación otra parte importante de la historia decadente del monumental muelle: la desaparición de Isla Verde.
“En los años 50, una empresa petrolera llegó a la isla, que era un brazo que protegía al muelle, a buscar petróleo y la perforó con un taladro. Eso fue destruyéndola, el mar se fue metiendo y el oleaje empezó a golpear con fuerza al muelle”, dice el nonagenario hombre que camina apoyado en dos muletas y con una sola pierna.

Imágenes similares de antaño evoca Cástulo Colina, de 98 años, el único sobreviviente de la última generación de una familia que se destacó por su trabajo en el puerto. Su padre, Juan Antonio Colina, fue capataz del personal del muelle, líder de las obras de ampliación y recubrimiento de concreto, y sobresaliente empleado de la compañía Barranquilla Railway; y su abuelo, Manuel Colina, también se destacó por trabajar con el ingeniero Cisneros en la construcción del puerto.

“Cuando Puerto Colombia empezó, la mayoría de la gente que vivía ahí no sabía leer ni escribir. Cuando iban al muelle ponían la huella digital. Mi papá no estudió en una escuela, pero supo aprovechar los conocimientos que adquirió trabajando con ingenieros como Mr. Mathews que llegaron en esa época”, afirma este porteño residenciado en Barranquilla.
Cástulo recuerda que la primera estructura del muelle fue de madera –previo a la gran inauguración de junio de 1893– y fue terminada el 31 de diciembre de 1888. Agrega que “debido a que se acercaba la apertura del Canal de Panamá en 1914, dos años antes, en 1912, los ingleses que dirigían el puerto se vieron obligados a ampliarlo, revestirlo de concreto armado y construir un nuevo muelle de atraque que reuniera todos los adelantos modernos de la época”, obra que se concluyó el 5 de diciembre de 1923.

En su libro ‘Puerto Colombia, Patrimonio Histórico Cultural’, Rigoberto Rodríguez narra que por aquellos tiempos esta población “se llenó de hermosas mujeres alemanas, francesas, italianas, panameñas, cubanas, venezolanas, dominicanas, entre otras”. Y que el licor que se vendía en los establecimientos, bares, restaurantes que proliferaban gracias al auge del puerto, eran de las mejores marcas nacionales e internacionales.

Asegura Rodríguez, con base en relatos de los pobladores, que los jóvenes paseaban a los turistas en burro por las calles del hoy municipio, se tomaban fotos junto al mar, compraban artesanías, y a quienes se atrevían a salir en vestido de baño a la plaza la Policía los encarcelaba y multaba. Para muchos porteños, lo mismo debería pasar con los dirigentes que, indiferentes, le dieron la espalda al coloso corroído que desaparece entre las olas.

Las voces de los inmigrantes

Innumerables serían las historias que contaría el muelle de Puerto Colombia si el concreto –que aún se resiste a ceder al golpe de las olas y a dejarse caer en el inmenso mar del olvido– pudiese hablar. Entre principios y mediados del siglo XX centenares de inmigrantes comenzaron a arribar a través del muelle huyendo de los estragos de las guerras.

Entre 1902 y 1922 múltiples inmigrantes árabes llegaron a Colombia, entre los que predominaban los libaneses, seguidos por palestinos y finalmente sirios, según relata Enrique Yidi en su libro La Gran Familia Gidi. Jóvenes palestinos de Belén y Beit Jala decidieron marcharse para no ser reclutados por el Imperio Otomano con el fin de engrosar las filas del ejército en el frente de Palestina. Mañana en El HERALDO conozca la historia de la llegada al país a través del muelle de algunos miembros de esta familia. Así mismo, la entrada de quienes se refugiaron en la Colombia de la expansión del Nazismo en Europa entre 1933 y 1945.


Por Liz Held y Karol Solís